1.8.09

"La derrota del Partido Justicialista en la puja electoral para la presidencia de la Nación no impidió su triunfo en la mayoría de los 22 distritos provinciales, generó un particular y efectivo federalismo acentuado por el mismo oficialismo nacional, es decir la UCR, ya que le interesaba establecer negociaciones con los múltiples actores dispersos del peronismo más que una concertación con la conducción unificada de la única fuerza de oposición que podía llegar a reemplazarlo, por el caudal electoral que mantenía. La persistencia de los responsables genéricos de la derrota, particular mezcla de fuerzas “nacionales”, como el sindicalismo o las 62 Organizaciones, y liderazgos provinciales, también ayuda a explicar la acentuación de dicho federalismo. Los poderes que podían confrontar con esa conducción que no se rendía, que no aceptaba la lógica de renovarse, solo podían ser los partidos justicialistas triunfadores en cada distrito, es decir, los gobernadores. Los cuales constituían una de las parcialidades que habían conformado a la conducción del PJ desde su congreso de febrero de 1976."

Paz

24.7.09




Hermana, te están siguiendo los servicios adolescentes

Ah, me había olvidado de agradecer al compañero Ariel Navarro, también conocido en el ambiente como el cerebro detrás de la portada de Grunge, a esta altura un mítico libro para la generación perdida y el pensamiento gustavo, quien, consustanciado con la causa del corazón, nos ha acercado ésta, la que ya es para todos nosotros la imagen sacra de una juventud que gime porque mamá nos ha enterrado las armas en el patio y ya no le podemos disparar a nadie.

Con ustedes, Ishii Pop, el puntero del poder crudo.

9.7.09

"Moreno fundó una UB en Las Cañitas, Moreno, el Moreno concreto, no ganó elecciones en ningún lado. Hay algo en los blogs bastante jodido: hay un placer literario por Moreno y Kunkel (que nunca ganaron ni un centro de estudiantes) y un desprecio -por ejemplo- por los Felipe Solá, cuyo mérito es haber sido gobernador electo de LA PROVINCIA. El Indec es una derrota, es un terreno del que hay que salir. Punto. El peronismo es vocación de mayorías, y este gobierno la perdió. ¿Cómo se reconstruye?"


"A mí nadie me pagó por salir acá", parece decir Vito al final de este documento. "Nunca me gustaron los que te corren por izquierda, ¿sabes? Algunas noches, aquí en el zanjón, recuerdo sus caras blancas en la entrada de la carpa. Se ven de lejos desde el rincón pero uno los puede escuchar con claridad. Son los mismos que después tararean esas basuras psicodélicas hechas para las universitarios. Yo no los odio. Pero ellos no conocen el peso de un rifle en el medio de la lluvia."

30.4.09

La idea original era invitarlo a Andy Klipphan, colarle cositas en el ponche y largarlo a decir algo. Pero se cayó por una cuestión de cachet.
Igual, vamos a celebrar la democracia.

1.4.09

Hace unos años me regalaron un librito viejo, amarillento. Se llama "Inédito. Una batalla contra la dictadura" y el autor es Raúl Ricardo Alfonsín. La dictadura a la que hace mención el título es la de Onganía e "Inédito" era la publicación donde el joven Alfonsín publicaba sus artículos de trinchera que el libro editado por Legasa en 1986 recopila. Por entonces, circa 1969, el joven Alfonsín firmaba con un anagrama de tono orillero: Alfonso Carrido Lura. Un seudónimo perfecto, de otra época. En la página 17 se lee: "Un sector numeroso de nuestro pueblo ha venido fluctuando en su opinión, de acuerdo a las características del gobierno de la Nación. De este modo, cambiaba sus aspiraciones al compás de las decepciones que sufría al observar que autoridades de distinto signo político, no alcanzaban a solucionar todos sus problemas. Así, frente a un gobierno fuerte, tomaban relevancia los valores consustanciados con la libertad y la dignidad humana, y se reclamaba un gobierno respectuoso de los derechos, de la ley y de la Constitución; mientras que ante un gobierno con estas características, variaba la escala de valores, ocupaban los primeros términos los deseos de orden, disciplina y jerarquía y se anhelaba un gobierno fuerte, que "pusiera las cosas en su lugar". Sin perjuicio de reconocer que esta actitud fue inducida por una propaganda bien montada, lo cierto es que así ocurrió."
El artículo se llama "Peligros" y ese peligro que Lura teme como consecuencia de ese "juego de esperanzas y decepciones" es el comunismo, la enajenación "no ya simplemente de una forma política, sino un estilo de vida." Es llamativo que Lura feche ese péndulo peligroso a partir de 1928 donde, señala, no ha terminado su mandato ningún presidente civil, dejando de lado a ya sabemos qué presidente no civil que sí terminó su mandato popular -o no, en realidad no, pero no importa: el radicalismo siempre tuvo su filo brilloso en esa idea de lo "cívico" y lo que las instituciones consagran en contraste con los peligros indómitos-. En cualquier caso, y dejando de lado el peligro del comunismo como consecuencia del desorden social, hoy, cuando el autor de esas líneas ha muerto como "el padre de la democracia", bien grabado su nombre en la Historia fláccida de las capas mediáticas de la población como "Raúl Ricardo Alfonsín", termina ese texto sin certezas, sin tener la clave política para frenar ese vaiven destructor del estilo de vida democrático: "Tremenda paradoja para aprendices de brujo", finaliza Lura.
Alfonsin era -era- la bestia blanca de la política. Como le leí y escuché decir varias veces a Martín, Alfonsín era un hombre que decidió encarnar en su persona la democracia. "La democracia soy yo". Entonces todo acto, toda realización, desde las que hoy podemos leer como reivindicativas hasta las ominosas, eran llevadas a cabo por una fuerza propulsora que él siempre, y muy hábilmente, ha sabido caracterizar como "Democracia" pero que nosotros, más jovenes, más respetuosos adversarios del viejo mártir, simplemente llamamos "Política". Todo. No sólo era una forma de preservar la democracia el Pacto de Olivos I, ahí donde se pretendía fortalecer la transición, sino también el Pacto de Olivos II, ahí donde la mesa chica, pero fotografiada a los fines de figurar en la tapa de Clarín, garantizaba el bipartidismo, la ilusión de una democracia balanceada en sus formas, encarnando el deseo de aplacar los peligros. Alfonsín era el perfecto baby sitter del menos malo de los sistemas posibles.
Por mi parte, yo también tengo mis pequeñas anécdotas subjetivas del Viejo Blanco. Vengo de una familia que por el motor de las formas y la raza ha abrazado, en su mayoría, el espíritu del radicalismo. Yo era el que con cinco años, en 1986, llevaba una de las sillas del living de la casa de mis abuelos hasta el balconcito de la entrada y de rodillas daba discursos a la calle, jugando insistentemente a hacer el gestito alfonsinista de cruzar las manos y extender los brazos hacia la izquierda ante la risa cómplice los que pasaban. Yo fui el que vi de lejos a Alfonsin en una mesa del Centro Lalín de la calle Moreno, al lado de Jesús Rodriguez y a dos mesas del marido de Catalina Dlugi. Yo fui el que en Lugo, Galicia, vi en una plaza un monumento figurativo que recordaba la independencia de Filipinas donde un pequeño mármol a pocos centímetro de la base de aquella escultura que mostraba a un hombre quebrando las cadenas literales del yugo dedicaba su homenaje al "Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, padre de la democracia argentina" o algo así. En cualquier caso, sonaba así, es verosímil.
Ahora me queda esperar el devenir de estas horas. Ya me imagino la cantilena insoportable de estos días, mañana, cuando nos levantemos escuchando a Tenenbaum en Mitre, por ejemplo. De cualquier forma, me queda la ilusión de pensar que su muerte es un hecho democrático en sí, un hecho que muchos no estamos acostumbrados a ver: nunca vimos la muerte de un presidente. Yo, por el momento, veo la muerte de un político, un político mucho menos burdo, mucho más inteligente, mucho más fácil de respetar. Y esperaré que hablen los míos, no Massa.

20.3.09

Su origen de buenas familias, cultura cosmopolita y educación universitaria no es garantía que no se pasen de rosca, como en el 55 o el 76.

Una pregunta para Quintín